En vísperas de un año electoral intenso y con mucha incertidumbre respecto a la conformación de la alianza Cambiemos en la Ciudad, es fundamental analizar el sistema electoral porteño en particular, ya que se caracteriza por tener dualidades en sus objetivos y resultados, en relación con el fortalecimiento democrático y, en consecuencia, el rol del radicalismo en la posibilidad de la alianza formal.

Por un lado, el ejecutivo es electo por un sistema mayoritario con segunda vuelta, para tener la certeza de que el jefe de gobierno asumirá con mayoría absoluta, asunto que de todos modos termina siendo relativo porque el ballotage fomenta el voto estratégico, es decir, en el caso de que el candidato que preferimos no quede entre los dos más votados, los ciudadanos nos inclinamos por la selección del candidato “que menos nos molestaría que gane” de las dos opciones o terminamos incrementando el voto en blanco.

Por otro lado y en el caso a puntualizar, tanto los legisladores porteños como los miembros de las juntas comunales son electos por un sistema proporcional, donde cada elector vota por una sola lista de candidatos oficializada cuyo número es igual al de los cargos a cubrir, con un umbral de ingreso del 3% para evitar un pluripartidismo extremo y desestabilizador. El escrutinio de cada elección se practica por lista y los cargos a cubrir se asignan conforme al orden establecido en cada una, previa aplicación de la fórmula D´Hondt de representación proporcional.

Este tipo de sistemas electorales en cualquier parte del mundo busca generar mayor equidad hacia los partidos minoritarios y mayor representación social, con el objetivo de incrementar el diálogo, consenso y la capacidad de coalición entre los partidos menores.

Ahora… ¿En la praxis es siempre así? La Ciudad de Buenos Aires nos demuestra que no.

La Legislatura porteña se encuentra compuesta por 60 bancas, de las cuales 34 corresponden al oficialismo compuesto por la alianza “Vamos Juntos” integrada por la Coalición Cívica y el PRO. Los 26 legisladores restantes se encuentran divididos en 9 bloques diferentes -Unidad Ciudadana, Evolución, Peronista, PTS, Socialista, Autodeterminación y Libertad, FIT, GEN y Mejor Ciudad.

Esto se vio expresado el pasado jueves, cuando en medio de un clima hostil, con manifestaciones y violencia en las inmediaciones de la Casa de las Leyes, los 34 legisladores del oficialismo aprobaron la creación de la universidad pública de formación docente -sin la existencia de una ley distrital de educación- y todos los bloques de la oposición votaron en contra.

Algo similar ocurrió con la votación del sistema de boleta única electrónica en la reforma del Código Electoral el pasado mes, donde el bloque Evolución también voto en contra, y la ley salió sin mucho reparo.

Es decir, que en la Ciudad de Buenos Aires el oficialismo no necesita tener ninguna capacidad de coalición, ni de negociación, ya que un solo frente electoral conduce el poder ejecutivo, posee mayoría absoluta en el legislativo y tiene las 15 presidencias comunales.

Sin lugar a dudas estamos ante una gran disyuntiva de la democracia. La presencia de un partido hegemónico que conduce hace 11 años la ciudad nos permite analizar ventajas y desventajas.

Dentro de las ventajas podemos encontrar un gobierno estable, que conoce del territorio y puede ser constante, sosteniendo en el tiempo las medidas a tomar, aunque le guste mucho romper las baldosas ya arregladas.

Dentro de las desventajas podemos encontrar la falta de alternancia, la carencia de la necesidad de una coalición electoral amplia y plural y por lo tanto de mayor representación de diferentes sectores sociales con la incapacidad de conocer sus demandas y necesidades.

Todos sabemos que la Ciudad de Buenos Aires se caracteriza por un electorado progresista que no vota peronismo. Ahora, la gran pregunta es ¿qué debería hacer el radicalismo para reconvertirse en esa fuerza progresista y gobernante que supo ser? ¿Es mejor pelearla desde adentro del gobierno o seguir conformando un bloque aparte que, aunque no tenga injerencia cuantitativa en la Legislatura tiene libertad para “marcar la cancha”?

Claramente a la receta mágica no la tenemos, sino esta disyuntiva se hubiera resuelto hace mucho tiempo.

Desde este punto de vista, lo fundamental a la hora de replantearnos la conformación efectiva (utilizamos la palabra efectiva porque existen pactos y compromisos preexistentes) de la alianza Cambiemos, son dos cuestiones: por un lado, el pragmatismo electoral, ya que el radicalismo se caracteriza por tener vocación de gobernar y ganar elecciones, teniendo injerencia en los gobiernos; y por otro lado la cuestión ideológica, asunto muy extenso de debate y conflictivo en el plano de las ideas.

En vísperas al Congreso de la UCR Capital -6, 7 y 8 de diciembre- con el cierre del año, parece que más allá de algunos gestos políticos que se pueden observar y nos van marcando el rumbo, los militantes de base tendremos que esperar hasta el próximo año para enterarnos si efectivamente habrá internas dentro de Cambiemos y cuál será el resultado final de la extensa negociación que viene manteniendo la actual conducción de la UCR Capital.

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